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miércoles, 26 de octubre de 2011

Reflexionando


Hace mucho que no escribo nada muy personal en el blog. Realmente creo que he “anestesiado” ligeramente mis sentimientos para que no duela. Así que tampoco me apetece mucho escribir sobre ellos. Pero me ha sucedido una cosa que a medida que lo explico me ha hecho ver que necesito escribir sobre ello. Y allá voy.

Antes de nada voy a aclarar que la persona de la que voy a hablar es una amiga a la que conozco hace 9 años; nos conocimos en un foro profesional (somos colegas) y de ahí surgió una amistad entre varias de nosotras que se ha hecho muy muy grande con algunas. 
No tiene nada que ver con el mundo adoptivo. Después de lo que voy a relatar, me acordé mucho de mi amiga, mi hermana del alma, María J., cuando nos contaba que de los amigos que tenían antes de empezar con la adopción apenas conservaban uno o dos. Lo entiendo.  De pronto te sientes tan alejada, tan sin-nada-en-común… y eso sin contar que tengas que escuchar alguna idiotez o algún comentario fuera de tono, dicho con toda la buena voluntad (o no) y con plena ignorancia sobre lo que se habla. A esto último ya deberíamos estar acostumbrados, pues todo el mundo opina sobre miles de cosas que ignora por completo con una autoridad que, si eres otro ignorante, te deja con la boca abierta. Claro que si no lo eres, pues te da qué pensar.

Al lío. Hace unos días quedé con esta amiga para tomar una cerveza. Vivimos cerca, pero por diversas circunstancias, trabajo, casa, niños, no nos vemos a menudo, algo que quedamos en intentar solucionar quedando al menos una vez al mes.

Entre una cosa y otra, en persona puede que hiciera un año que no nos veíamos. Ella no es muy dada a escribir, aunque sí que habíamos tenido contacto por email y también por teléfono. Así que claro, después de ponernos al día de las últimas novedades, surgió la pregunta: “Oye, y lo de vuestra niña china, ¿qué?” (Si creéis que empezamos bien no os perdáis lo que sigue).

Yo, muy contenta, le dije que esperábamos viajar el próximo verano. (Un paréntesis. Después de tanto tiempo, tantos cálculos chafados, yo ya había optado por no calcular ni especular; no así Luis, pero yo intentaba no hacerle caso. Pero ahora lo veo tan cercano… que es como el meteorólogo, que cuanto más se acerca el día, más acierta. Desde hace unos meses llevo una hoja Excel con los datos de esta página, y haciendo medias calculo cuándo será el próximo corte y cuándo por tanto nos asignarán. Y de momento voy acertando, día arriba, día abajo. Resultando que no varía nuestra fecha prevista de asignación: junio de 2012. Diréis, pero si queda un montón. Pues sí, pero hace falta entender lo que llevamos pasado para comprender que una asignación a 8 meses vista es música celestial para mí). Así que ya os digo, respondí muy contenta que si todo iba como esperábamos, viajaríamos a buscarla en verano.

Su respuesta no fue la que yo esperaba. Me dijo ¿todavía tenéis que esperar hasta el verano que viene? Dije que sí, pero que con lo que llevábamos pasado eso no es nada.
Ahí la cosa ya se torció del todo. Me preguntó: ¿Y no podéis echaros atrás? ¿¿¿¡¡Echarnos atrás!!!!??? Si, desde luego, podemos pero no lo vamos a hacer. ¿Estás segura? Fíjate que tus niñas ya son muy mayores, Andrea ya tiene 10 años, es volver a empezar con un bebé… te cambia la vida… además, ¿tu cuántos años tienes ya? ¿44? Te va a pillar que cuando tenga  5 años tu tendrás 50, que ya no estás igual que con 40. ¿De verdad estás segura? Blablablá…

Le dije que estoy loca por ser madre de nuevo. Que sé que me va a cambiar la vida. Como me dijo una persona ayer, hasta un gato te la cambia. Que me vuelvo loca cada vez que veo un niño pequeño. Que estoy chocha con mis sobrinillos pequeños. Ya, ya sé que no es lo mismo, que es un rato. Pero nada de lo que dije sirvió para que cambiara de opinión. Concluyó con un “bueno, vale” que deja lugar a interpretaciones varias como “tú misma”, “estás loca” o un más evidente “si fuera yo no lo haría ni muerta”. 

¿Qué me hizo plantearme? Pues varias cosas.

- En primer lugar, ¿realmente puede uno tener amigos, amigos de los de con A mayúscula, que no empaticen con tu deseo de ser madre de una criatura no nacida de tu vientre? Lo aceptan, pero ¿lo entienden? ¿En qué medida eso te aleja de ellos? (La opción de que no lo acepten no la contemplo, en ese momento dejan de ser amigos y hasta conocidos).

- ¿Debemos explicarnos con los amigos? Con los conocidos lo tengo claro. Sé que existen tres posibilidades, la didáctica, la educada y la borde.  ¿Pero y con los amigos? ¿Te pones didáctica aunque les importe una m…? ¿Eres educada simplemente? ¿O directamente le dices –donde hay confianza da asco- que te importa un pimiento su opinión y que harás lo que te dé la gana, faltaría más?

- ¿Es posible “aparcar” ese tema y llevar una relación/conversación/lo-que-sea sin mencionar el asunto? Ahora es fácil, claro. No se habla. Pero ¿y cuando esa personita sea ya uno más de la familia? ¿También habrá que justificarse? ¿No podré quejarme si me duele la espalda, si duermo poco o si Pétalo es un terremotillo? ¿Me dirán esa frase que a todo el mundo le gusta tanto decir: “no me gusta decir te lo dije, pero te lo dije”?

- ¿Tendremos que reducir nuestras amistades al círculo adoptivo? Aquí el término “reducir” no es muy coherente, porque serán pocos, pero son lo más grande que nos ha pasado en toda nuestra vida, grandísimos amigos, casi familia, y estoy segura de que todos los que habéis adoptado o estáis en ellos me vais a entender.

- Y finalmente… ¿me importa todo lo anterior? ¿Mucho, poco, regular?

Bueno, va a resultar que si que tenía que escribir sobre ello. Gracias a los que habéis llegado hasta el final. Muchas gracias a los que además dejéis un comentario. 

Y a ti, querida P., decirte que no te lo tomes como algo personal, y darte las gracias porque siempre es estupendo reflexionar. ¿Qué sería de nuestra vida sin este poquito de limón?
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